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domingo, 22 de abril de 2012

Austenland (Libro)


En realidad no me inclino tanto por los muchos trabajos que hay, hoy en día, sobre la obra de Jane Austen, los secretos de Mr Darcy, el primo de Mr Darcy, los amores de Mr Darcy (por mencionar algunos ejemplos coloquialmente, pues no conozco de memoria los nombres de tales novelas como para citarlas literalmente); creo que hay demasiadas de estas novelas y mi impresión es que muchos autores intentan hacerse un nombre solo por asociación con Jane Austen; excepto por algunas continuaciones que han aparecido de la obra de Jane que sí me parecen originales, como Crimen en Mansfield Park por mencionar una.

En esto, estuve viendo que Stephenie Meyer, autora de Crepúsculo, hizo noticia porque produciría una película a la Austen, basada en el libro de Shannon Hale, Austenland. Lo busqué encarecidamente, y resultó que la única oportunidad que tenía de leerlo era en inglés, así que me atreví a hacer la lectura; y me atreví a hacer la lectura por la promoción que hubo sobre la película –sólo porque la produciría Stephenie Meyer–, y porque el libro no era una continuación de una novela de Jane sino una historia original.
 For Colin Firth
You’re a really great guy, but I’m married, so I think we should just be friends.

La novela inicia presentándonos a Jane Hayes, esta patética solterona –con las que tanto me identifico, así que ¡buen comienzo!–, de algunos treinta y tantos años, que sueña con encontrar un amor como el de Lizzy Bennet y Mr Darcy, sí, como el de esos encantadores personajes de la novela clásica de Jane Austen, Orgullo y Prejuicio; por lo que, Jane (Hayes) es fanática de la adaptación del clásico que realizó la BBC en 1.995 y que protagonizó el Darcy favorito de la mayoría de las mujeres que pudieron ver esta adaptación a su debido momento, Colin Firth. Jane sueña con Colin Firth como Mr Darcy y que un día hallará a su propio Firth-Darcy.

IT IS A TRUTH UNIVERSALLY acknowledged that a thirty-something woman in possession of a satisfying career and fabulous hairdo must be in want of very little, and Jane Hayes, pretty enough and clever enough, was certainly thought to have little to distress her. There were no boyfriends, and if they came and went in a regular stream of mutual dissatisfaction—well, that was the way of things, wasn’t it?

Pues bien, su tía Carolyn, descubre este secreto de su sobrina y al morir no le hereda dinero –dinero que le habría caído bien (supongo)–, sino le lega, en su testamento, un interesante paseo…

Pembrook Park, Kent, England. Enter our doors as a house guest come to stay three weeks, enjoying the country manners and hospitality—a tea visit, a dance or two, a turn in the park, an unexpected meeting with a certain gentleman, all culminating with a ball and perhaps something more.Here, the Prince Regent still rules a carefree England. No scripts. No written endings. A holiday no one else can offer you.

El paseo consistía en viajar a Inglaterra, al poblado de Kent, y permanecer tres semanas en Pembrook Park, disfrutando del estilo de vida y experiencias manifiestas en las novelas de Austen. Una delicia, ¿cierto?

Pero no resulta tan delicioso cuando Jane es expuesta a las tretas de la propietaria de Pembrook Park, Mrs Wattlesbrook, para quien Jane no es, precisamente, “la cliente ideal”, por su falta de medios económicos, y a la que debe tratar, no obstante, con las mismas atenciones que a las demás visitantes.

Muchos elementos manifiestos en las novelas de Jane Austen se pueden encontrar en Austenland, que es una novela ligera de leer y entretenida, en Jane se obtiene a la heroína de escasos recursos económicos que es echa a menos por las acaudaladas señoras (Mrs Wattlesbrook), como lo hace Lady Catherine de Bourgh con Lizzy Bennet, en Orgullo y Prejuicio. La restricción del uso de artefactos eléctricos modernos, no ipad, no iphone, no tv, no laptop; la prohibición de los paseos solitarios con los caballeros y, uno nuevo, también se prohibe tratar con la servidumbre; los vestidos; los bailes; las reuniones y el whist recrean muy bien el mundo Austen. Los personajes, Mr Nobley (su versión de Mr Darcy), Mr East (su versión del Capitan Wentworth) y Martin (probablemente Wickham) son encantadores. Pero, siempre hay un pero, después de haber leído toda la novela, al final, sentí Pembrook Park, más que un lugar temático en el que se experimenta la sociedad de Jane, como un centro de citas, lo cual fue, de alguna manera, desagradable y decepcionante, y el mundo de Jane (Austen), prostituido, de cierta forma.

Será, sin embargo, una interesante película, cuando llegue al cine en 2.013 (si no me equivoco), y me parece JJ Field excelente cast para Mr Nobley.


sábado, 19 de marzo de 2011

La Carta de Darcy


La carta del Capitán Wentworth, de la novela Persuasión,  es muy famosa entre las seguidoras de Jane Austen, y en su momento será publicada en este blog también, pero, a mi parecer, la escrita por Darcy a Lizzy es igualmente un encanto, y como soporte para nuestro sumario sobre Orgullo y Prejuicio acá la cito:

«No se alarme, señorita, al recibir esta carta, ni crea que voy a repetir en ella mis sentimientos o a renovar las proposiciones que tanto le molestaron anoche. Escribo sin ninguna intención de afligirla ni de humillarme yo insistiendo en unos deseos que, para la felicidad de ambos, no pueden olvidarse tan fácilmente; el esfuerzo de redactar y de leer esta carta podía haber sido evitado si mi modo de ser no me obligase a escribirla y a que usted la lea. Por lo tanto, perdóneme que tome la libertad de solicitar su atención; aunque ya sé que habrá de concedérmela de mala gana, se lo pido en justicia.
»Ayer me acusó usted de dos ofensas de naturaleza muy diversa y de muy distinta magnitud. La primera fue el haber separado al señor Bingley de su hermana, sin consideración a los sentimientos de ambos; y el otro que, a pesar de determinados derechos y haciendo caso omiso del honor y de la humanidad, arruiné la prosperidad inmediata y destruí el futuro del señor Wickham. Haber abandonado despiadada e intencionadamente al compañero de mi juventud y al favorito de mi padre, a un joven que casi no tenía más porvenir que el de nuestra rectoría y que había sido educado para su ejercicio, sería una depravación que no podría compararse con la separación de dos jóvenes cuyo afecto había sido fruto de tan sólo unas pocas semanas. Pero espero que retire usted la severa censura que tan abiertamente me dirigió anoche, cuando haya leído la siguiente relación de mis actos con respecto a estas dos circunstancias y sus motivos. Si en la explicación que no puedo menos que dar, me veo obligado a expresar sentimientos que la ofendan, sólo puedo decir que lo lamento. Hay que someterse a la necesidad y cualquier disculpa sería absurda.
»No hacía mucho que estaba en Hertfordshire cuando observé, como todo el mundo, que el señor Bingley distinguía a su hermana mayor mucho más que a ninguna de las demás muchachas de la localidad; pero hasta la noche del baile de Netherfield no vi que su cariño fuese formal. Varias veces le había visto antes enamorado. En aquel baile, mientras tenía el honor de estar bailando con usted, supe por primera vez, por una casual información de sir William Lucas, que las atenciones de Bingley para con su hermana habían hecho concebir esperanzas de matrimonio; me habló de ello como de una cosa resuelta de la que sólo había que fijar la fecha. Desde aquel momento observé cuidadosamente la conducta de mi amigo y pude notar que su inclinación hacia la señorita Bennet era mayor que todas las que había sentido antes. También estudié a su hermana. Su aspecto y sus maneras eran francas, alegres y atractivas como siempre, pero no revelaban ninguna estimación particular. Mis observaciones durante aquella velada me dejaron convencido de que, a pesar del placer con que recibía las atenciones de mi amigo, no le correspondía con los mismos sentimientos. Si usted no se ha equivocado con respecto a esto, será que yo estaba en un error. Como sea que usted conoce mejor a su hermana, debe ser más probable lo último; y si es así, si movido por aquel error la he hecho sufrir, su resentimiento no es inmotivado. Pero no vacilo en afirmar que el aspecto y el aire de su hermana podían haber dado al más sutil observador la seguridad de que, a pesar de su carácter afectuoso, su corazón no parecía haber sido afectado. Es cierto que yo deseaba creer en su indiferencia, pero le advierto que normalmente mis estudios y mis conclusiones no se dejan influir por mis esperanzas o temores. No la creía indiferente porque me convenía creerlo, lo creía con absoluta imparcialidad. Mis objeciones a esa boda no eran exactamente las que anoche reconocí que sólo podían ser superadas por la fuerza de la pasión, como en mi propio caso; la desproporción de categoría no sería tan grave en lo que atañe a mi amigo como en lo que a mí se refiere; pero había otros obstáculos que, a pesar de existir tanto en el caso de mi amigo como en el mío, habría tratado de olvidar puesto que no me afectaban directamente. Debo decir cuáles eran, aunque lo haré brevemente. La posición de la familia de su madre, aunque cuestionable, no era nada comparado con la absoluta inconveniencia mostrada tan a menudo, casi constantemente, por dicha señora, por sus tres hermanas menores y, en ocasiones, incluso por su padre. Perdóneme, me duele ofenderla; pero en medio de lo que le conciernen los defectos de sus familiares más próximos y de su disgusto por la mención que hago de los mismos, consuélese pensando que el hecho de que tanto usted como su hermana se comporten de tal manera que no se les pueda hacer de ningún modo los mismos reproches, las eleva aún más en la estimación que merecen. Sólo diré que con lo que pasó aquella noche se confirmaron todas mis sospechas y aumentaron los motivos que ya antes hubieran podido impulsarme a preservar a mi amigo de lo que consideraba como una unión desafortunada. Bingley se marchó a Londres al día siguiente, como usted recordará, con el propósito de regresar muy pronto.
»Falta ahora explicar mi intervención en el asunto. El disgusto de sus hermanas se había exasperado también y pronto descubrimos que coincidíamos en nuestras apreciaciones. Vimos que no había tiempo que perder si queríamos separar a Bingley de su hermana, y decidimos irnos con él a Londres. Nos trasladamos allí y al punto me dediqué a hacerle comprender a mi amigo los peligros de su elección. Se los enumeré y se los describí con empeño. Pero, aunque ello podía haber conseguido que su determinación vacilase o se aplazara, no creo que hubiese impedido al fin y al cabo la boda, a no ser por el convencimiento que logré inculcarle de la indiferencia de su hermana. Hasta entonces Bingley había creído que ella correspondía a su afecto con sincero aunque no igual interés. Pero Bingley posee una gran modestia natural y, además, cree de buena fe que mi sagacidad es mayor que la suya. Con todo, no fue fácil convencerle de que se había engañado. Una vez convencido, el hacerle tomar la decisión de no volver a Hertfordshire fue cuestión de un instante. No veo en todo esto nada vituperable contra mí. Una sola cosa en todo lo que hice me parece reprochable: el haber accedido a tomar las medidas procedentes para que Bingley ignorase la presencia de su hermana en la ciudad. Yo sabía que estaba en Londres y la señorita Bingley lo sabía también; pero mi amigo no se ha enterado todavía. Tal vez si se hubiesen encontrado, no habría pasado nada; pero no me parecía que su afecto se hubiese extinguido lo suficiente para que pudiese volver a verla sin ningún peligro. Puede que esta ocultación sea indigna de mí, pero creí mi deber hacerlo. Sobre este asunto no tengo más que decir ni más disculpa que ofrecer. Si he herido los sentimientos de su hermana, ha sido involuntariamente, y aunque mis móviles puedan parecerle insuficientes, yo no los encuentro tan condenables.
»Con respecto a la otra acusación más importante de haber perjudicado al señor Wickham, sólo la puedo combatir explicándole detalladamente la relación de ese señor con mi familia. Ignoro de qué me habrá acusado en concreto, pero hay más de un testigo fidedigno que pueda corroborarle a usted la veracidad de cuanto voy a contarle.
»El señor Wickham es hijo de un hombre respetabilísimo que tuvo a su cargo durante muchos años la administración de todos los dominios de Pemberley, y cuya excelente conducta inclinó a mi padre a favorecerle, como era natural; el cariño de mi progenitor se manifestó, por lo tanto, generosamente en George Wickham, que era su ahijado. Costeó su educación en un colegio y luego en Cambridge, pues su padre, constantemente empobrecido por las extravagancias de su mujer, no habría podido darle la educación de un caballero. Mi padre no sólo gustaba de la compañía del muchacho, que era siempre muy zalamero, sino que formó de él el más alto juicio y creyó que la Iglesia podría ser su profesión, por lo que procuró proporcionarle los medios para ello. Yo, en cambio, hace muchos años que empecé a tener de Wickham una idea muy diferente. La propensión a vicios y la falta de principios que cuidaba de ocultar a su mejor amigo, no pudieron escapar a la observación de un muchacho casi de su misma edad que tenía ocasión de sorprenderle en momentos de descuido que el señor Darcy no veía. Ahora tendré que apenarla de nuevo hasta un grado que sólo usted puede calcular, pero cualesquiera que sean los sentimientos que el señor Wickham haya despertado en usted, esta sospecha no me impedirá desenmascararle, sino, al contrario, será para mí un aliciente más.
»Mi excelente padre murió hace cinco años, y su afecto por el señor Wickham siguió tan constante hasta el fin, que en su testamento me recomendó que le apoyase del mejor modo que su profesión lo consintiera; si se ordenaba sacerdote, mi padre deseaba que se le otorgase un beneficio capaz de sustentar a una familia, a la primera vacante. También le legaba mil libras. El padre de Wickham no sobrevivió mucho al mío. Y medio año después de su muerte, el joven Wickham me escribió informándome que por fin había resuelto no ordenarse, y que, a cambio del beneficio que no había de disfrutar, esperaba que yo le diese alguna ventaja pecuniaria más inmediata. Añadía que pensaba seguir la carrera de Derecho, y que debía hacerme cargo de que los intereses de mil libras no podían bastarle para ello. Más que creerle sincero, yo deseaba que lo fuese; pero de todos modos accedí a su proposición. Sabía que el señor Wickham no estaba capacitado para ser clérigo; así que arreglé el asunto. Él renunció a toda pretensión de ayuda en lo referente a la profesión sacerdotal, aunque pudiese verse en el caso de tener que adoptarla, y aceptó tres mil libras. Todo parecía zanjado entre nosotros. Yo tenía muy mal concepto de él para invitarle a Pemberley o admitir su compañía en la capital. Creo que vivió casi siempre en Londres, pero sus estudios de Derecho no fueron más que un pretexto y como no había nada que le sujetase, se entregó libremente al ocio y a la disipación. Estuve tres años sin saber casi nada de él, pero a la muerte del poseedor de la rectoría que se le había destinado, me mandó una carta pidiéndome que se la otorgara. Me decía, y no me era difícil creerlo, que se hallaba en muy mala situación, opinaba que la carrera de derecho no era rentable, y que estaba completamente decidido a ordenarse si yo le concedía la rectoría en cuestión, cosa que no dudaba que haría, pues sabía que no disponía de nadie más para ocuparla y por otra parte no podría olvidar los deseos de mi venerable padre. Creo que no podrá usted censurarme por haberme negado a complacer esta demanda e impedir que se repitiese. El resentimiento de Wickham fue proporcional a lo calamitoso de sus circunstancias, y sin duda habló de mí ante la gente con la misma violencia con que me injurió directamente. Después de esto, se rompió todo tipo de relación entre él y yo. Ignoro cómo vivió. Pero el último verano tuve de él noticias muy desagradables.
»Tengo que referirle a usted algo, ahora, que yo mismo querría olvidar y que ninguna otra circunstancia que la presente podría inducirme a desvelar a ningún ser humano. No dudo que me guardará usted el secreto. Mi hermana, que tiene diez años menos que yo, quedó bajo la custodia del sobrino de mi madre, el coronel Fitzwilliam y la mía. Hace aproximadamente un año salió del colegio y se instaló en Londres. El verano pasado fue con su institutriz a Ramsgate, adonde fue también el señor Wickham expresamente, con toda seguridad, pues luego supimos que la señora Younge y él habían estado en contacto. Nos habíamos engañado, por desgracia, sobre el modo de ser de la institutriz. Con la complicidad y ayuda de ésta, Wickham se dedicó a seducir a Georgiana, cuyo afectuoso corazón se impresionó fuertemente con sus atenciones; era sólo una niña y creyendo estar enamorada consintió en fugarse. No tenía entonces más que quince años, lo cual le sirve de excusa. Después de haber confesado su imprudencia, tengo la satisfacción de añadir que supe aquel proyecto por ella misma. Fui a Ramsgate y les sorprendí un día o dos antes de la planeada fuga, y entonces Georgiana, incapaz de afligir y de ofender a su hermano a quien casi quería como a un padre, me lo contó todo. Puede usted imaginar cómo me sentí y cómo actué. Por consideración al honor y a los sentimientos de mi hermana, no di un escándalo público, pero escribí al señor Wickham, quien se marchó inmediatamente. La señora Younge, como es natural, fue despedida en el acto. El principal objetivo del señor Wickham era, indudablemente, la fortuna de mi hermana, que asciende a treinta mil libras, pero no puedo dejar de sospechar que su deseo de vengarse de mí entraba también en su propósito. Realmente habría sido una venganza completa.
»Ésta es, señorita, la fiel narración de lo ocurrido entre él y yo; y si no la rechaza usted como absolutamente falsa, espero que en adelante me retire la acusación de haberme portado cruelmente con el señor Wickham. No sé de qué modo ni con qué falsedad la habrá embaucado; pero no hay que extrañarse de que lo haya conseguido, pues ignoraba usted todas estas cuestiones. Le era imposible averiguarlas y no se sentía inclinada a sospecharlas.
»Puede que se pregunte por qué no se lo conté todo anoche, pero entonces no era dueño de mí mismo y no sabía qué podía o debía revelarle. Sobre la verdad de todo lo que le he narrado, puedo apelar al testimonio del coronel Fitzwilliam, quien, por nuestro estrecho parentesco y constante trato, y aún más por ser uno de los albaceas del testamento de mi padre, ha tenido que enterarse forzosamente de todo lo sucedido. Si el odio que le inspiro invalidase mis aseveraciones, puede usted consultar con mi primo, contra quien no tendrá usted ningún motivo de desconfianza; y para que ello sea posible, intentaré encontrar la oportunidad de hacer llegar a sus manos esta carta, en la misma mañana de hoy. Sólo me queda añadir: Que Dios la bendiga.
Fitzwilliam Darcy.»

Orgullo y Prejuicio (Resumen e Impresiones - Capítulos XXXI al XXXV)

Poco después de su llegada, Elizabeth oyó decir que Darcy iba a llegar dentro de unas semanas, y aunque hubiese preferido a cualquier otra de sus amistades, lo cierto era que su presencia podía aportar un poco de variedad a las veladas de Rosings y que podría divertirse viendo el poco fundamento de las esperanzas de la señorita Bingley mientras observaba la actitud de Darcy con la señorita de Bourgh, a quien, evidentemente, le destinaba lady Catherine.
Para muchos, y para mí también, esta es una de las partes más emotivas de la novela Orgullo y Prejuicio, de Jane Austen, porque es en este fragmento de la obra en donde se pueden observar la lucha interna de Darcy sobre sus sentimientos por Elizabeth Bennet y la manera en que gradualmente cambian los de ésta por él. Pero lo cierto es que Darcy, quien había viajado con su primo Fitzwilliam, visitó a los Collins al día siguiente de haberse instalado en Rosings mas no volvió a intimar con el grupo de Hertfordshire sino hasta dentro de una semana en una cena instalada por Lady Catherine.
Una sutil parte del carácter de Mr Darcy, que se refuerza más adelante, es expuesta durante esta cena, en Hertfordshire pudimos conocer algunas facetas de su persona a través de Bingley o de Caroline, y algunas veces a través de sí mismo en sus acaloradas discusiones con Elizabeth, y para reconocer la verdad lo que pudimos percibir fue a un tipo muy arrogante, orgulloso y centrado en su superioridad sobre los demás, sin embargo en esta cena se presenta más franco y dispuesto a dialogar con ella. Particularmente a mí me parece excepcional la manera en que él se acerca a Elizabeth, cuando ella tocaba el piano, y le expone sus razones, mientras ella trataba de ridiculizarlo sobre su apatía para con las damas sin pareja durante aquel baile en Hertfordshire, del por qué se había mantenido a distancia de todos los nuevos conocidos.
Reconozco ––dijo Darcy–– que no tengo la habilidad que otros poseen de conversar fácilmente con las personas que jamás he visto. No puedo hacerme a esas conversaciones y fingir que me intereso por sus cosas como se acostumbra.
Darcy comienza a exponer sus ocultos sentimientos cuando inquieto y solo aparece en casa de los Collins. Elizabeth también estaba sola y la actitud de Darcy la desconcierta.

Una de las características que más admiro en Elizabeth Bennet y su relación con Darcy es que ella, a pesar de que la distinción de un caballero de su importancia era notoriamente hacia ella, su amiga Charlotte en una oportunidad le expresó que de no ser por ella el señor Darcy no se habría presentado en su casa con tanta rapidez, Elizabeth no consideraba que la distinción se debiera a algún interés de Darcy por ella y de hecho la toma por sorpresa su declaración. Una de las características que menos admiro de ella es su incostancia decorada con una sutil coquetería. Muchos admiran a Lizzy por su libre albedrío y determinada necesidad de expresar cuanto se le ocurre, y son dos de las virtudes que más me gustan de ella también, pero si nos damos cuenta, durante la historia, Lizzy tiene cuatro pretendientes, ¿nada mal, no?, de los cuales ella solamente no estuvo interesada en uno, Collins, por todos los demás se sintió atraída, comenzando por Wickham, pasando por el Colonel Fitzwilliam y terminando en Darcy, y todos cuatro admiradores en un lapso de tiempo no mayor a un año.
Durante el tête–à–tête en casa de los Collins, Elizabeth aprovecha la circunstancia para interrogar a Darcy sobre la repentina salida de los Bingley de Netherfield, de esto, lo único que el señor Darcy deja claro en sus contestaciones es que Bingley tiene un carácter muy jovial e inconstante y que tal vez de un momento a otro vendería Netherfield por encontrarse en una edad en la que las amistades le influenciaban y los compromisos como éstas aumentaban sin cesar.
Hasta el momento Lizzy solo sentía antipatía por las maneras de Darcy y por ello no le gustaba encontrarse casualmente con él por la alameda de la finca, recorrido que ella había hecho su predilecto desde que lo descubriera a su llegada a Hunsford, pero con las confidencias que le hiciera el Colonel Fitzwilliam –probablemente el personaje que menos me gusta en Orgullo y Prejuicio por su falta de delicadeza e intuición, es decir, cualquier bajeza podía esperarse de un actor como Wickham, pero que una indiscreción proviniera de el propio primo de Darcy lo encuentro intolerable–, Darcy pasó a ser un ser incorrecto y sin sentimientos. De acuerdo con esas confidencias, Darcy había prevenido a un buen amigo suyo (Bingley) de hacer un matrimonio imprudente. Darcy, no Caroline sino Darcy había privado a su más querida hermana de la felicidad, y sin más excusa ese sencillo hecho bastaba para odiarle.
La Declaración de Darcy
Debido a su nuevo conocimiento de la situación Jane-Bingley-Darcy, Elizabeth se excusó para cenar en Rosings con el impedimento de padecer dolor de cabeza, pero su principal razón para ausentarse era su necesidad de no intimar con Darcy. Pero éste al saber de su indisposición se alteró y acudió a verla para saber de su salud, entonces no aguantó más y le manifestó sus sentimientos:
He luchado en vano. Ya no puedo más. Soy incapaz de contener mis sentimientos. Permítame que le diga que la admiro y la amo apasionadamente.
El asunto es que Darcy pensó que por Elizabeth ser de cuna inferior aceptaría sin titubeos una proposición de amor tan prometedora pero lo cierto era que, gracias a la impertinencia del Colonel Fitzwilliam, Elizabeth odiaba a Darcy, ella le atribuía la responsabilidad de haber separado a su hermana de Bingley y ello era algo imperdonable.
En estos casos creo que se acostumbra a expresar cierto agradecimiento por los sentimientos manifestados, aunque no puedan ser igualmente correspondidos. Es natural que se sienta esta obligación, y si yo sintiese gratitud, le daría las gracias. Pero no puedo; nunca he ambicionado su consideración, y usted me la ha otorgado muy en contra de su voluntad. Siento haber hecho daño a alguien, pero ha sido inconscientemente, y espero que ese daño dure poco tiempo. Los mismos sentimientos que, según dice, le impidieron darme a conocer sus intenciones durante tanto tiempo, vencerán sin dificultad ese sufrimiento.
El capítulo XXXIV es importantísimo por esta razón, Darcy declara sus sentimientos a Elizabeth con la menor de las cortesías y con mucha vanidad, sintiéndose seguro de ser aceptado solo porque una persona adinerada le proclamaba sus sentimientos a otra de inferioridad económica. Si la mayoría de los lectores admiramos a Elizabeth Bennet es por esta firmeza de carácter y su manera de rectificar sus errores. La discusión entre Darcy y Lizzy se intensifica cuando Wickham aparece como tema de debate, Elizabeth expone lo que hasta entonces conocía, que Darcy lo había privado de la asignación de una parroquia, la última voluntad del difunto señor Darcy, y Mr Darcy termina ofendido con semejante calumnia.

Mi próxima entrada no se tratará de un resumen o mis impresiones sobre un número de capítulos sino de la carta de Darcy a Elizabeth como tal, para que quede como un hermoso anexo de este blog.
XX.