martes, 29 de marzo de 2011

Orgullo y Prejuicio


Ha sido delicioso comentar la novela de Jane Austen, mi novela predilecta entre todas las novelas, Orgullo y Prejuicio, a finales del año pasado emprecé la tercera relectura de esta obra y desde entonces, en mi propio tiempo, he estado resumiendo y escribiendo mis impresiones acá, finalmente he culminado de recapitular por lo que relato esta impresión general de este clásico de la literatura inglesa y del mundo.
Orgullo y Prejuicio es para mí la novela romántica por excelencia, ella posee todos los elementos esenciales de un libro romántico: unos personajes principales que en principio no se toleran pero cuyas opiniones sobre las situaciones y sobre el uno o el otro se flexibilizan cuando surge la admiración y el cariño entre ambos, el acto heroico del caballero enamorado y la dama de mente independiente y resuelta que cautiva, solo con esta cualidad, al hombre reservado e impenetrable.
Elizabeth Bennet es la segunda hermana de un grupo de cinco señoritas que un día reciben como vecino al señor Bingley, un joven soltero y acaudalado que llegaba como anillo al dedo al grupo de jovencitas todas casaderas, pero el señor Bingley no había ido solo a Hertfordshire, donde principalmente se desarrolla la novela, había ido acompañado de sus hermanas y su amigo, que ganaba 10.000 libras anuales, una cifra insuperable, Mr Darcy, quien pronto se hace repudiado por los locales debido a su carácter orgulloso y modales antipáticos. La clave del encuentro y la relación amor-odio entre Darcy  y Lizzy Bennet sucede cuando Bingley y su grupo se presentan en el baile público de Meryton, al inicio de la novela, Bingley estaba siendo cautivado por Jane Bennet, la hermana mayor de Lizzy, a tal punto que había bailado dos veces con ella, señal de predilección en la época, mientras Darcy solo había bailado con Caroline, la hermana soltera de Bingley no porque fuera su predilecta sino porque no conocía íntimamente a nadie más, por esto, Bingley, observando a su amigo aburrido y flemático le propone que baile con Lizzy.
“¿Qué dices? ––y, volviéndose, miró por un momento a Elizabeth, hasta que sus miradas se cruzaron, él apartó inmediatamente la suya y dijo fríamente: ––No está mal, aunque no es lo bastante guapa como para tentarme; y no estoy de humor para hacer caso a las jóvenes que han dado de lado otros. Es mejor que vuelvas con tu pareja y disfrutes de sus sonrisas porque estás malgastando el tiempo conmigo.”
Elizabeth escucha la odiosa opinión de Darcy sobre ella y a partir de entonces se forma una idea sobre éste caballero dominada por los prejuicios. 
Por algo Orgullo y Prejuicio es la novela más popular de la autora inglesa Jane Austen, es una de esas novelas tan bonitas, apasionadas y entretenidas, aderezada con humor y sarcasmo, con ricos personajes y situaciones bien planteadas, que constituye además una excelente manera de conocer la historia, el modo de vivir en el campo inglés y los códigos de la sociedad de Jane Austen, la importancia de los bailes para las jovencitas solteras y la marcada diferencia entre las clases sociales en cuanto a la diversión y a la manera de relacionarse. Para aquellos que todavía no han intentado esta obra, acá les dejo esta entrada que espero refleje mi precioso afecto por ella, y a continuación citaré los lenlaces para que sigan  los resúmenes de los capítulos que pretendí hacer de ella.

 Y recordemos que, todavía, cualquier hombre soltero, de buena fortuna o no, necesita de una esposa; y hay muchas señoritas por ahí pescando marido.
 M.

Orgullo y Prejuicio (Resumen e Impresiones - Capítulos LI al LXI


Para resumir, Lizzy y los tíos Gardiner debieron suspender su delicioso paseo, que tantas alegrías había traído a Elizabeth, y regresar a Hertfordshire por la urgencia que había acarreado el arrebato de Lydia, el tío Gardiner se compuso con el señor Bennet para hallar su paradero y traerla a casa por lo que los dos partieron a Londres, donde se suponía que estaba escondida con Wickham. El señor Bennet se mostró muy arrepentido por no haber escuchado los consejos de su hija Elizabeth y haber permitido que Lydia viajase de esa manera tan irresponsable con los Foster.
Después de mucha angustia, en el capítulo LI, Lydia es ya una mujer casada. Lo que parecía imposible, que Wickham tomara en matrimonio a una desafortunada joven como ella, sucedió. El señor Bennet temía por lo mucho que debió haber pagado el señor Gardiner al joven para que éste aceptara casarse con su hija, sin embargo, en la última carta que recibió de su cuñado, éste le confirmaba que el matrimonio se había concretado, lo único que debía hacer el señor Bennet era componer a Lydia por una suma igual que al resto de sus hermanas cuando él y la señora Bennet fallecieran, y entregarle, mientras viviera, la modesta cantidad de cien  libras anuales.
A continuación, muy persuadido por sus hijas mayores, el señor Bennet acepta que los nuevos esposos visiten su casa. Entre una cosa y otra, la vanidosa Lydia expone a Lizzy los verdaderos hechos de su pesquisa y su matrimonio. El señor Darcy había sido quien había dado con los fugitivos y determinó los arreglos para la boda, incluyendo la dote de Wickham y la cancelación de sus múltiples deudas.
En resumidas cuentas es todo lo que sucede con los Bennet y Lydia y Wickham entre los capítulos XLVII y LII. Darcy reaparece, por lo menos por mención, a través de una carta de la señora Gardiner, a quien Elizabeth recurre para que le aclare la situación relatada por su hermana. ¿Cómo Darcy había terminado en la boda de Lydia y su antiguo amigo? Pues, para recapitular otra vez, Darcy, ocupado en su responsabilidad por no haber desmentido en su debido momento a un hombre como Wickham, se creyó comprometido en evitar la desgracia de una joven inocente, aunque el trasfondo de todo era que esperaba evitar la pena de su querida Lizzy; y acá el acto heroico de este personaje, e imprescindible en este tipo de novelas románticas.
Después de toda esta tempestad Bingley regresa a Hertfordshire para ocupar nuevamente su residencia en Netherfield. Si hay una parte que me gusta de esta novela es ésta, la última parte, ¡el regreso de Mr Darcy!
La señora Bennet ofrece en honor a Bingley, y para estimular su intimidad con Jane, una cena pautada hacía mucho tiempo atrás pero que no se había llevado a cabo, invitación que extiende también a Mr Darcy. Esta parte de la novela es la que más me gusta por el misterio que implica para Lizzy el amor de Mr Darcy, por fin Lizzy ya se sabe enamorada de él y guarda la esperanza de que los sentimientos de éste no se hubieran modificado desde su declaración en Hunsford y que sus maneras no hubieran variado desde que le encontró en Pemberley, pero Darcy parecía el mismo hombre reservado con el que ella no simpatizaba y ello la tenía enojada. Es encantador cómo sus miradas se cruzan durante la cena, como a ella se le percibe nerviosa e impaciente por intercambiar cualquier frase con él y captar si aún queda algún sentimiento por ella y cómo se disgusta cuando no puede hablarle porque todo los separaba: su madre que le había dado por sentarse junto a él, o una chiquilla que domina su atención la única vez que Darcy se acercó para hablarle.
Toda la tarde estuvieron confinados en mesas diferentes, pero los ojos de Darcy se volvían tan a menudo donde ella estaba, que tanto el uno como el otro perdieron todas las partidas.
Cuando Darcy regresa a Londres para resolver unos asuntos personales, lady Catherine de Bourgh reaparece en la historia para intentar persuadir a Elizabeth de casarse con su sobrino, tan inesperada y significativa visita inquieta a la señora Bennet, quien no se imaginaba las razones por las que la importante dama se encontraba en su casa. Lady Catherine aparece avasallante y resuelta a evitar a toda costa la insensatez de un matrimonio tan desigual a tal punto que obliga a Lizzy a prometerle que no se casará con su sobrino. Específicamente cuando lady Catherine le pregunta a Lizzy si promete no comprometerse nunca con su sobrino y ella le responde que no hará ninguna promesa de esa clase es lo que mueve a Mr Darcy a renovar su promesa de amor a Elizabeth:
Es usted demasiado generosa para burlarse de mí. Si sus sentimientos son aún los mismos que en el pasado abril, dígamelo de una vez. Mi cariño y mis deseos no han cambiado, pero con una sola palabra suya no volveré a insistir más.
Por supuesto que Bingley y Jane resolvieron también sus asuntos y se comprometieron, y Elizabeth aceptó a Mr Darcy sin vacilaciones, su padre y todos los demás fueron sorprendidos con este aparente repentino amor, ninguno se explicaba por qué el orgulloso Darcy  pedía la mano de Elizabeth y profesaba que ambos se amaban cuando todo lo que habían observado en Lizzy había sido aversión por el caballero. Cuando a Elizabeth le correspondió explicar a su padre su amor le expuso que sus sentimientos por su prometido se habían modificado gradualmente y añadió, entre todas las virtudes de Darcy, que él había sido quien había logrado que Wickham se casara con Lydia, entonces Mr Bennet comprendió que Lizzy se hubiera enamorado de este hombre.
Lizzy le preguntó a Mr Darcy cuándo se había enamorado de ella, entonces él le respondió:
No puedo concretar la hora, ni el sitio, ni la mirada, ni las palabras que pusieron los cimientos de mi amor. Hace bastante tiempo. Estaba ya medio enamorado de ti antes de saber que te quería.


Orgullo y Prejuicio (Resumen e Impresiones - Capítulos XLIII al L)


Lizzy y Darcy se reencuentran de manera inesperada en otro de los momentos encantadores de la novela. Estamos revisando la obra Orgullo y Prejuicio, de Jane Austen.
Se suponía que Darcy estaba de viaje y que no regresaría a Pemberley hasta el día siguiente, su majestuosa casa estaba abierta a los visitantes como Lizzy y sus tíos, por esto el Ama de Llaves les recibe e inicia con ellos la exhibición de la parte disponible al público de la morada de Mr Darcy.
Elizabeth se quedó maravillada. Jamás había visto un lugar más favorecido por la naturaleza o donde la belleza natural estuviese menos deteriorada por el mal gusto. Todos estaban llenos de admiración, y Elizabeth comprendió entonces lo que podría significar ser la señora de Pemberley.
La descripción de los caminos y decoración de Pemberley son esenciales para describir la elegancia y magnitud de la casa, por ejemplo, al inicio del capítulo XLIII se cuenta que el edificio es de piedra y se añade que es amplio y hermoso, rodeado de uno de los bosques más hermoso de Inglaterra. Adentro, el mobiliario es sofisticado y discreto, haciendo la comparación con el domicilio de la tía de Darcy, lady Catherine, se establece que no había nada llamativo ni cursi y que había allí menos pompa pero más elegancia que en Rosings, así como se resalta el nuevo piano de Georgiana y las pinturas y las esculturas familiares típicas de las familias de la alta sociedad.
La señora Reynolds, el ama de llaves del señor Darcy, hace alarde de su empleador, lo cual, en cierta forma, desconcierta a Lizzy pues, a pesar de que su opinión sobre el dueño de Pemberley ha cambiado desde la carta, tal vez no suponía que una empleada pudiera referirse tan favorablemente a su patrón, con verdadera adulación y admiración.
“Es el mejor señor y el mejor amo que pueda haber; no se parece a los atolondrados jóvenes de hoy en día que no piensen más que en sí mismos. No hay uno solo de sus colonos y criados que no le alabe. Algunos dicen que es orgulloso, pero yo nunca se lo he notado. Me figuro que lo encuentran orgulloso porque no es bullanguero como los demás.”
A través de la señora Reynolds, Elizabeth comprueba las bien fundadas acusaciones de Darcy sobre Wickham y escucha alabanzas sobre Georgiana, la hermana de Darcy, a quien Wickham había intentado desacreditar con Elizabeth en Hertfordshire haciéndole creer que era tan orgullosa como su hermano.
Aunque se le esperaba hasta el día siguiente Darcy se presenta en Pemberley justo cuando los visitantes estaban por retirarse. Al principio éste y Lizzy no hablaron mucho y lo que se dijeron fue torpemente pronunciado, la Lizzy astuta e irónica, con una respuesta para cada pregunta, estaba y se sentía por primera vez cohibida por dos razones: la vergüenza que le producía encontrarse con Darcy de esa manera, en su territorio, y por el notorio cambio de actitud de éste, quien no solo se había presentado amable sino interesado tanto por ella como por su familia.
Sorprendida por el cambio de modales desde que se habían separado por última vez, cada frase que decía aumentaba su cohibición, y como entre tanto pensaba en lo impropio de haberse encontrado allí, los pocos momentos que estuvieron juntos fueron los más intranquilos de su existencia.
Una joven inteligente como Lizzy tenía que sentirse intimidada y elogiada en Pemberley, Pemberley habría sido su casa si ella hubiera aceptado la propuesta de matrimonio del señor Darcy, por ello, cuando observó su magnificencia reconsideró su vanidad, modestia y probablemente manifestó algo de arrepentimiento, hasta que recordó que un hombre de la fortuna de Mr Darcy no habría permitido que sus tíos Gardiner, de profesión comerciantes, le hubiera visitado después del matrimonio, por lo que cualquier síntoma de remordimiento fue desechado, sin embargo, para conmoverla más, cuando Darcy les reencuentra en el bosque solicita a Elizabeth que les presente a sus acompañantes.
Elizabeth no estaba preparada para este rasgo de cortesía, y no pudo evitar una sonrisa al ver que pretendía conocer a una de aquellas personas contra las que su orgullo se había rebelado al declarársele.
La intimidad resurge entre Darcy y Elizabeth gracias a este reencuentro, éste la busca varias veces en la posada en la que se hospedaba ella y le presenta a Georgiana. Georgiana le parece a Lizzy una muchacha muy tímida pero de carácter sencillo y gentil, nada como la descripción que había recibido de Wickham. Bingley también le visita con Darcy y Georgiana, con esta visita Elizabeth confirma que entre éste y la hermana de Darcy no existe ningún afecto diferente al fraternal que puede existir con la hermana menor de su amigo. Elizabeth, con los tíos Gardiner, es invitada nuevamente a Pemberley y allí se reencuentra con Caroline Bingley, ésta velada no es la más agradable, sin embargo siempre que leo esta parte de la novela encuentro adorable que, agobiada entre tantas personas indeseadas, Lizzy anhelaba la compañía de Darcy, quien se había ido de pesca con el tío Gardiner.
Deseaba y temía a la vez que el dueño de la casa llegase, y apenas podía aclarar si lo temía más que lo deseaba.
Justo cuando Lizzy empieza a reconocer su interés por Mr Darcy ocurre una tragedia, Lydia, quien todavía estaba a cargo de los Foster, se fuga nada más y nada menos que con Wickham, siendo Lydia una muchacha sin fortuna, Elizabeth se espera lo peor, la reputación de todas sus hermanas se ve marcada por su actuación, y la imagen de ella devaluada para siempre porque un hombre de la calaña de Wickham no repararía en una muchacha sin fortuna como Lydia.
Elizabeth solo podía pensar entonces que un hombre de la distinción de Darcy, si es que todavía estaba interesado en ella, jamás querría emparentar con una familia marcada por la desventura de una chiquilla perdida y alocada como Lydia.

domingo, 27 de marzo de 2011

Orgullo y Prejuicio (Resumen e Impresiones - Capítulos XXXVI al XLII)


Después de leer la carta los sentimientos de Elizabeth por Mr Darcy comienzan a transformarse y probablemente sea esta carta la que inicia su amor por él, sin embargo la explicación de estos sentimientos son algo difusos al principio, por un lado le despreciaba por considerarlo el causante de la separación de su hermana y Bingley pero por otra empieza a entenderle a medida que ahonda en la epístola y repasa su propia opinión sobre ciertos asuntos familiares expuestos en ella, como el ridículo que había hecho su familia durante el baile en Netherfield, o el parecer de Charlotte sobre la falta de emotividad de Jane por Bingley, que el desprecio que sentía por él fue gradualmente suavizándose. En cuanto a lo tocante a Wickham, Elizabeth quedó completamente sorprendida.
Se puso a leer de nuevo, pero cada línea probaba con mayor claridad que aquel asunto que ella no creyó que pudiese ser explicado más que como una infamia en detrimento del proceder de Darcy, era susceptible de ser expuesto de tal modo que dejaba a Darcy totalmente exento de culpa.
Algo que me gusta y que se desprende de la lectura de esta carta es que la confianza, seguridad y temperamento caprichoso de Elizabeth reciben una lección debido a la pulcra y justa percepción de Darcy sobre los asuntos familiares de Lizzy y la fraudulenta actuación de Wickham. La mejor prueba del correcto proceder de Darcy se relacionaba con la delicada confesión que se ve forzado a hacer sobre su hermana Georgiana. A partir de entonces Elizabeth empieza a ver a Darcy como un hombre sincero, justo y cabal.
Uno de los indicios de que Lizzy empezaba a enamorarse de Darcy es que después de leer la carta la primera vez no pudo dejar de hacerlo y repitió su lectura muchas veces. Esta íntima carta estaba redactada de tal manera que, sin ser otra confesión, cada palabra escrita parecía el recordatorio del amor declarado antes.
Ya casi sabía de memoria la carta de Darcy. Estudiaba sus frases una por una, y los sentimientos hacia su autor eran a veces sumamente encontrados. Al fijarse en el tono en que se dirigía a ella, se llenaba de indignación, pero cuando consideraba con cuánta injusticia le había condenado y vituperado, volvía su ira contra sí misma y se compadecía del desengaño de Darcy.
Elizabeth y Maria Lucas debieron dejar Hunsford días después de la partida de Darcy y el Colonel Fitzwilliam, se cumplía ya el tiempo que debían permanecer con los Collins, a Elizabeth la ponía feliz reencontrarse con Jane en Londres pero la entristecía dejar a su amiga con semejante compañero. De regreso a Hertfordshire, en dirección a la ciudad X, se encontraron con Kitty y Lydia quienes las esperaban para regresar a sus hermanas a Longburn en el coche del señor Bennet. Jane Austen tenía una encantadora manera de recrear las escenas de sus novela, uno de sus deliciosos legados como escritora, en este encuentro en que las Bennet menores esperan a las mayores en el restaurante de una posada, Lydia, sin parar hablar de un nuevo sombrero que había comprado no porque le gustara sino por el simple hecho de comprar algo, anuncia que Wickham ya no está comprometido con la señorita King.
“No hay peligro de que Wickham se case con Mary King. Nos lo reservamos. Mary King se ha marchado a Liverpool, a casa de su tía, y no volverá. ¡Wickham está a salvo!”
En el capítulo XXVI, Elizabeth observa que ya no es ella la predilecta de Wickham sino otra señorita, Mary King, una joven que había heredado diez mil libras y a la que un hombre sin fortuna pero bien ubicado en sociedad, como Wickham, tenía que rendir honores si pensaba escalar socialmente. Acá cito lo que Jane mejor que nadie puede explicar:
El aparente interés de Wickham había desaparecido, así como sus atenciones. Ahora era otra a la que admiraba. Elizabeth era lo bastante observadora como para darse cuenta de todo, pero lo veía y escribía de ello sin mayor pesar. No había hecho mucha mella en su corazón, y su vanidad quedaba satisfecha con creer que habría sido su preferida si su fortuna se lo hubiese permitido. La repentina adquisición de diez mil libras era el encanto más notable de la joven a la que ahora Wickham rendía su atención.
Elizabeth Bennet, nos guste o no, es una talentosa pero vanidosa joven, así que la primera vez que se encuentra sola con su hermana le relata, suprimiendo todo lo que pudiera relacionarse a Bingley, lo increíble de que Darcy le hubiera propuesto matrimonio.
El gran cariño que Jane sentía por Elizabeth disminuyó su asombro, pues todo lo que fuese admiración por ella le parecía perfectamente natural. Fueron otros sus sentimientos. Le dolía que Darcy se hubiese expresado de aquel modo tan poco adecuado para hacerse agradable, pero todavía le afligía más el pensar en la desdicha que la negativa de su hermana le habría causado.
Adicionalmente Elizabeth hace del conocimiento de Jane lo revelado por Darcy en la carta concerniente a Wickham y como parte esencial de la trama, le solicita a su hermana la autorización para divulgar o no lo conocido sobre la conducta del caballero, sin embargo éstas acuerdan que no vale la pena ponerlo en mal lugar y, a su vez, Lizzy agrega que Darcy no la había autorizado para revelar la verdad sobre él.
La señora Foster, la esposa del coronel del regimiento al que pertenecía Wickham, una dama muy joven, solicita en el capítulo XLI a Lydia para que la acompañase a Brighton.
Esta inapreciable amiga de Lydia era muy joven y hacía poco que se había casado. Como las dos eran igual de alegres y animadas, congeniaban perfectamente y a los tres meses de conocerse eran ya íntimas.
De las novelas que he leído de Jane Austen he resumido que en su época era normal que las damas casadas tuvieran como acompañantes de tertulias a otras más jóvenes, que no se hubieran casado, como sería Lydia para la señora Foster, Lizzy para Charlotte, Emma para la señora Weston (en la novela Emma), etc. De la solicutd de la señora Foster a Lydia, Lizzy prevee el inmediato desacierto que sería permitir que su descontrolada hermana menor acompañara a una señora casada siendo las dos tan jóvenes, y estando una relacionada a un regimiento. De esta manera expone las razones a su padre, pero éste repone que será mejor permitir que Lydia haga el ridículo cuanto antes y mejor aún por tan poco costo. Supongo que muchas de las palabras de la carta de Darcy resonaron en la cabeza de Elizabeth cuando escuchó la descabellada idea de que su imprudente hermana fuera invitada a tan irresponsable paseo.
Los tíos Gardiner regresan a Longbourn para recoger a su sobrina (Lizzy) y realizar el planificado paseo a los lagos, concretado en el capítulo XXVII, pero que tuvo que reconducirse hasta Derbyshire debido a las ocupaciones del señor Gardiner. Se hallaban entonces hospedados en Lambton, lugar de crianza de la señora Gardiner, cuando a ésta se le ocurrió visitar Pemberley para lo que tenían que desviarse apenas unas dos millas. Los tíos solicitaron la aprobación de Elizabeth, a quien la determinada visita le parecía muy inapropiada y solo la consintió cuando supo que el dueño de ésta propiedad estaba fuera de Derbyshire.

La próxima vez nos reencotraremos con Darcy, antes de irme les dejo con un pensamiento de Elizabeth Bennet:
¿Qué son los hombres al lado de las rocas y de las montañas?
 

sábado, 19 de marzo de 2011

La Carta de Darcy


La carta del Capitán Wentworth, de la novela Persuasión,  es muy famosa entre las seguidoras de Jane Austen, y en su momento será publicada en este blog también, pero, a mi parecer, la escrita por Darcy a Lizzy es igualmente un encanto, y como soporte para nuestro sumario sobre Orgullo y Prejuicio acá la cito:

«No se alarme, señorita, al recibir esta carta, ni crea que voy a repetir en ella mis sentimientos o a renovar las proposiciones que tanto le molestaron anoche. Escribo sin ninguna intención de afligirla ni de humillarme yo insistiendo en unos deseos que, para la felicidad de ambos, no pueden olvidarse tan fácilmente; el esfuerzo de redactar y de leer esta carta podía haber sido evitado si mi modo de ser no me obligase a escribirla y a que usted la lea. Por lo tanto, perdóneme que tome la libertad de solicitar su atención; aunque ya sé que habrá de concedérmela de mala gana, se lo pido en justicia.
»Ayer me acusó usted de dos ofensas de naturaleza muy diversa y de muy distinta magnitud. La primera fue el haber separado al señor Bingley de su hermana, sin consideración a los sentimientos de ambos; y el otro que, a pesar de determinados derechos y haciendo caso omiso del honor y de la humanidad, arruiné la prosperidad inmediata y destruí el futuro del señor Wickham. Haber abandonado despiadada e intencionadamente al compañero de mi juventud y al favorito de mi padre, a un joven que casi no tenía más porvenir que el de nuestra rectoría y que había sido educado para su ejercicio, sería una depravación que no podría compararse con la separación de dos jóvenes cuyo afecto había sido fruto de tan sólo unas pocas semanas. Pero espero que retire usted la severa censura que tan abiertamente me dirigió anoche, cuando haya leído la siguiente relación de mis actos con respecto a estas dos circunstancias y sus motivos. Si en la explicación que no puedo menos que dar, me veo obligado a expresar sentimientos que la ofendan, sólo puedo decir que lo lamento. Hay que someterse a la necesidad y cualquier disculpa sería absurda.
»No hacía mucho que estaba en Hertfordshire cuando observé, como todo el mundo, que el señor Bingley distinguía a su hermana mayor mucho más que a ninguna de las demás muchachas de la localidad; pero hasta la noche del baile de Netherfield no vi que su cariño fuese formal. Varias veces le había visto antes enamorado. En aquel baile, mientras tenía el honor de estar bailando con usted, supe por primera vez, por una casual información de sir William Lucas, que las atenciones de Bingley para con su hermana habían hecho concebir esperanzas de matrimonio; me habló de ello como de una cosa resuelta de la que sólo había que fijar la fecha. Desde aquel momento observé cuidadosamente la conducta de mi amigo y pude notar que su inclinación hacia la señorita Bennet era mayor que todas las que había sentido antes. También estudié a su hermana. Su aspecto y sus maneras eran francas, alegres y atractivas como siempre, pero no revelaban ninguna estimación particular. Mis observaciones durante aquella velada me dejaron convencido de que, a pesar del placer con que recibía las atenciones de mi amigo, no le correspondía con los mismos sentimientos. Si usted no se ha equivocado con respecto a esto, será que yo estaba en un error. Como sea que usted conoce mejor a su hermana, debe ser más probable lo último; y si es así, si movido por aquel error la he hecho sufrir, su resentimiento no es inmotivado. Pero no vacilo en afirmar que el aspecto y el aire de su hermana podían haber dado al más sutil observador la seguridad de que, a pesar de su carácter afectuoso, su corazón no parecía haber sido afectado. Es cierto que yo deseaba creer en su indiferencia, pero le advierto que normalmente mis estudios y mis conclusiones no se dejan influir por mis esperanzas o temores. No la creía indiferente porque me convenía creerlo, lo creía con absoluta imparcialidad. Mis objeciones a esa boda no eran exactamente las que anoche reconocí que sólo podían ser superadas por la fuerza de la pasión, como en mi propio caso; la desproporción de categoría no sería tan grave en lo que atañe a mi amigo como en lo que a mí se refiere; pero había otros obstáculos que, a pesar de existir tanto en el caso de mi amigo como en el mío, habría tratado de olvidar puesto que no me afectaban directamente. Debo decir cuáles eran, aunque lo haré brevemente. La posición de la familia de su madre, aunque cuestionable, no era nada comparado con la absoluta inconveniencia mostrada tan a menudo, casi constantemente, por dicha señora, por sus tres hermanas menores y, en ocasiones, incluso por su padre. Perdóneme, me duele ofenderla; pero en medio de lo que le conciernen los defectos de sus familiares más próximos y de su disgusto por la mención que hago de los mismos, consuélese pensando que el hecho de que tanto usted como su hermana se comporten de tal manera que no se les pueda hacer de ningún modo los mismos reproches, las eleva aún más en la estimación que merecen. Sólo diré que con lo que pasó aquella noche se confirmaron todas mis sospechas y aumentaron los motivos que ya antes hubieran podido impulsarme a preservar a mi amigo de lo que consideraba como una unión desafortunada. Bingley se marchó a Londres al día siguiente, como usted recordará, con el propósito de regresar muy pronto.
»Falta ahora explicar mi intervención en el asunto. El disgusto de sus hermanas se había exasperado también y pronto descubrimos que coincidíamos en nuestras apreciaciones. Vimos que no había tiempo que perder si queríamos separar a Bingley de su hermana, y decidimos irnos con él a Londres. Nos trasladamos allí y al punto me dediqué a hacerle comprender a mi amigo los peligros de su elección. Se los enumeré y se los describí con empeño. Pero, aunque ello podía haber conseguido que su determinación vacilase o se aplazara, no creo que hubiese impedido al fin y al cabo la boda, a no ser por el convencimiento que logré inculcarle de la indiferencia de su hermana. Hasta entonces Bingley había creído que ella correspondía a su afecto con sincero aunque no igual interés. Pero Bingley posee una gran modestia natural y, además, cree de buena fe que mi sagacidad es mayor que la suya. Con todo, no fue fácil convencerle de que se había engañado. Una vez convencido, el hacerle tomar la decisión de no volver a Hertfordshire fue cuestión de un instante. No veo en todo esto nada vituperable contra mí. Una sola cosa en todo lo que hice me parece reprochable: el haber accedido a tomar las medidas procedentes para que Bingley ignorase la presencia de su hermana en la ciudad. Yo sabía que estaba en Londres y la señorita Bingley lo sabía también; pero mi amigo no se ha enterado todavía. Tal vez si se hubiesen encontrado, no habría pasado nada; pero no me parecía que su afecto se hubiese extinguido lo suficiente para que pudiese volver a verla sin ningún peligro. Puede que esta ocultación sea indigna de mí, pero creí mi deber hacerlo. Sobre este asunto no tengo más que decir ni más disculpa que ofrecer. Si he herido los sentimientos de su hermana, ha sido involuntariamente, y aunque mis móviles puedan parecerle insuficientes, yo no los encuentro tan condenables.
»Con respecto a la otra acusación más importante de haber perjudicado al señor Wickham, sólo la puedo combatir explicándole detalladamente la relación de ese señor con mi familia. Ignoro de qué me habrá acusado en concreto, pero hay más de un testigo fidedigno que pueda corroborarle a usted la veracidad de cuanto voy a contarle.
»El señor Wickham es hijo de un hombre respetabilísimo que tuvo a su cargo durante muchos años la administración de todos los dominios de Pemberley, y cuya excelente conducta inclinó a mi padre a favorecerle, como era natural; el cariño de mi progenitor se manifestó, por lo tanto, generosamente en George Wickham, que era su ahijado. Costeó su educación en un colegio y luego en Cambridge, pues su padre, constantemente empobrecido por las extravagancias de su mujer, no habría podido darle la educación de un caballero. Mi padre no sólo gustaba de la compañía del muchacho, que era siempre muy zalamero, sino que formó de él el más alto juicio y creyó que la Iglesia podría ser su profesión, por lo que procuró proporcionarle los medios para ello. Yo, en cambio, hace muchos años que empecé a tener de Wickham una idea muy diferente. La propensión a vicios y la falta de principios que cuidaba de ocultar a su mejor amigo, no pudieron escapar a la observación de un muchacho casi de su misma edad que tenía ocasión de sorprenderle en momentos de descuido que el señor Darcy no veía. Ahora tendré que apenarla de nuevo hasta un grado que sólo usted puede calcular, pero cualesquiera que sean los sentimientos que el señor Wickham haya despertado en usted, esta sospecha no me impedirá desenmascararle, sino, al contrario, será para mí un aliciente más.
»Mi excelente padre murió hace cinco años, y su afecto por el señor Wickham siguió tan constante hasta el fin, que en su testamento me recomendó que le apoyase del mejor modo que su profesión lo consintiera; si se ordenaba sacerdote, mi padre deseaba que se le otorgase un beneficio capaz de sustentar a una familia, a la primera vacante. También le legaba mil libras. El padre de Wickham no sobrevivió mucho al mío. Y medio año después de su muerte, el joven Wickham me escribió informándome que por fin había resuelto no ordenarse, y que, a cambio del beneficio que no había de disfrutar, esperaba que yo le diese alguna ventaja pecuniaria más inmediata. Añadía que pensaba seguir la carrera de Derecho, y que debía hacerme cargo de que los intereses de mil libras no podían bastarle para ello. Más que creerle sincero, yo deseaba que lo fuese; pero de todos modos accedí a su proposición. Sabía que el señor Wickham no estaba capacitado para ser clérigo; así que arreglé el asunto. Él renunció a toda pretensión de ayuda en lo referente a la profesión sacerdotal, aunque pudiese verse en el caso de tener que adoptarla, y aceptó tres mil libras. Todo parecía zanjado entre nosotros. Yo tenía muy mal concepto de él para invitarle a Pemberley o admitir su compañía en la capital. Creo que vivió casi siempre en Londres, pero sus estudios de Derecho no fueron más que un pretexto y como no había nada que le sujetase, se entregó libremente al ocio y a la disipación. Estuve tres años sin saber casi nada de él, pero a la muerte del poseedor de la rectoría que se le había destinado, me mandó una carta pidiéndome que se la otorgara. Me decía, y no me era difícil creerlo, que se hallaba en muy mala situación, opinaba que la carrera de derecho no era rentable, y que estaba completamente decidido a ordenarse si yo le concedía la rectoría en cuestión, cosa que no dudaba que haría, pues sabía que no disponía de nadie más para ocuparla y por otra parte no podría olvidar los deseos de mi venerable padre. Creo que no podrá usted censurarme por haberme negado a complacer esta demanda e impedir que se repitiese. El resentimiento de Wickham fue proporcional a lo calamitoso de sus circunstancias, y sin duda habló de mí ante la gente con la misma violencia con que me injurió directamente. Después de esto, se rompió todo tipo de relación entre él y yo. Ignoro cómo vivió. Pero el último verano tuve de él noticias muy desagradables.
»Tengo que referirle a usted algo, ahora, que yo mismo querría olvidar y que ninguna otra circunstancia que la presente podría inducirme a desvelar a ningún ser humano. No dudo que me guardará usted el secreto. Mi hermana, que tiene diez años menos que yo, quedó bajo la custodia del sobrino de mi madre, el coronel Fitzwilliam y la mía. Hace aproximadamente un año salió del colegio y se instaló en Londres. El verano pasado fue con su institutriz a Ramsgate, adonde fue también el señor Wickham expresamente, con toda seguridad, pues luego supimos que la señora Younge y él habían estado en contacto. Nos habíamos engañado, por desgracia, sobre el modo de ser de la institutriz. Con la complicidad y ayuda de ésta, Wickham se dedicó a seducir a Georgiana, cuyo afectuoso corazón se impresionó fuertemente con sus atenciones; era sólo una niña y creyendo estar enamorada consintió en fugarse. No tenía entonces más que quince años, lo cual le sirve de excusa. Después de haber confesado su imprudencia, tengo la satisfacción de añadir que supe aquel proyecto por ella misma. Fui a Ramsgate y les sorprendí un día o dos antes de la planeada fuga, y entonces Georgiana, incapaz de afligir y de ofender a su hermano a quien casi quería como a un padre, me lo contó todo. Puede usted imaginar cómo me sentí y cómo actué. Por consideración al honor y a los sentimientos de mi hermana, no di un escándalo público, pero escribí al señor Wickham, quien se marchó inmediatamente. La señora Younge, como es natural, fue despedida en el acto. El principal objetivo del señor Wickham era, indudablemente, la fortuna de mi hermana, que asciende a treinta mil libras, pero no puedo dejar de sospechar que su deseo de vengarse de mí entraba también en su propósito. Realmente habría sido una venganza completa.
»Ésta es, señorita, la fiel narración de lo ocurrido entre él y yo; y si no la rechaza usted como absolutamente falsa, espero que en adelante me retire la acusación de haberme portado cruelmente con el señor Wickham. No sé de qué modo ni con qué falsedad la habrá embaucado; pero no hay que extrañarse de que lo haya conseguido, pues ignoraba usted todas estas cuestiones. Le era imposible averiguarlas y no se sentía inclinada a sospecharlas.
»Puede que se pregunte por qué no se lo conté todo anoche, pero entonces no era dueño de mí mismo y no sabía qué podía o debía revelarle. Sobre la verdad de todo lo que le he narrado, puedo apelar al testimonio del coronel Fitzwilliam, quien, por nuestro estrecho parentesco y constante trato, y aún más por ser uno de los albaceas del testamento de mi padre, ha tenido que enterarse forzosamente de todo lo sucedido. Si el odio que le inspiro invalidase mis aseveraciones, puede usted consultar con mi primo, contra quien no tendrá usted ningún motivo de desconfianza; y para que ello sea posible, intentaré encontrar la oportunidad de hacer llegar a sus manos esta carta, en la misma mañana de hoy. Sólo me queda añadir: Que Dios la bendiga.
Fitzwilliam Darcy.»